Artículo del sionista, islamófobo y católico folclórico Carlos Colon, columnista a diario en Diario de Sevilla y los periódicos del grupo Joly. El propio autor es natural de Marruecos.
La oleada de críticas hacia Israel que últimamente recorre España sólo tiene una explicación posible: antisemitismo; del más rancio que jamás se haya visto y que anida en las mentes de una progresía sin principios.
En Andalucía, la Tierra de María Santísima, la cosa es aún más preocupante. Un contubernio de progres, laicistas, relativistas, al-andalucistas (que creíamos extinguidos), paleocomunistas e islamistas salen a la calle gritando ¡Muerte a Israel! (la única democracia de la zona), ¡Olmert asesino! y otras infamias. Motivo suficiente, si no fuera por la inoperancia de ZP, para lanzar sobre ellos todo el peso de la fuerza pública.
El problema del Gobierno no son ya sus contradicciones, ni siquiera el acoso laicista a una España creyente, sino que, en la guerra de Gaza, se ha puesto del lado de Hamas, una organización terrorista cuyo fin declarado es la destrucción de Israel y expulsión de los judíos al mar.
Los progres, por ignorantes, están haciéndole el juego a quienes pretender traer la yihad a España. Parecen haber olvidado que nuestro suelo patrio estuvo ocho siglos ocupado por los seguidores de Mahoma, quienes no dudaron en erradicar la fe en Cristo y María Santísima.
Ante la ignorancia, la historia vuelve a repetirse. Hace unos días un representante político, al grito de ¡muerte a los judíos!, se atrevió a quemar la estrella de David (que hermosamente engalana la bandera de Israel) en Alcalá de Guadaira, mientras era coreado por un grupúsculo de estalinistas de la peor estirpe y gentuza laica de varias añadas. A ellos se habían unido inmigrantes árabes que, lejos de adaptarse a las costumbres de nuestro país, proferían el consabido grito de guerra (santa) ¡Alá es grande! (en su idioma islámico claro). Así está el pueblo, convertido por obra y gracia de las hordas progres e islámicas en una suerte de Al-Qaida Guadaira.
La Semana Santa del año pasado pude experimentar la mayor sensación de fe y pasión de toda una vida, y le pedí al Creador, Jesús del Gran Poder, que me diera muchos años más para volver a sentir lo mismo. Un costalero, de los que mejor acompañan al paso en su singular recorrido por San Lorenzo, me confesó que no se había cambiado desde la Semana Santa anterior (era su promesa); no sólo le expresé mi admiración como cristiano sino que pude percibir el sudor de fe que de él emanaba. Una prueba más de la devoción cristiana de la España del Sur tan amenazada por las veleidades progres y el extremismo islamista, que ya quiso atentar contra nuestra Semana Grande en 2004.
Yo, que soy liberal y no comulgo con los autoritarismos, no puedo dejar de reconocer las virtudes (en lo religioso que no lo político) del anterior régimen que, guiado por el espíritu de la ínclita Isabel I de Castilla (La Católica para quien no lo sepa), logró situar nuestra fe en su justo lugar. Quienes ahora, porqué está de moda, critican a Israel con saña están impidiendo que, en un futuro, nuestros hermanos de Sión puedan convertirse a nuestra fe y abrazar a Jesús del Gran Poder como Dios único y verdadero.








