Crónica de Palestina bajo la ocupación

Vía Dolorosa

Imagen habitual de la Vía Dolorosa (Jerusalén Este) desde 1967: civiles (de verde) y soldados judíos. ¿Quién es combatiente y quién no en Israel?

Lo primero que percibe quien decide ir a Palestina es quizá inseguridad. Desde hace un siglo, y de forma especial en los últimos 60 años, las noticias que llegan del extremo oriental del Mediterráneo son de violencia política. Del conflicto que provoca el proyecto mesiánico de colonización de un país por un grupo religioso, mayoritariamente y al principio europeos – los judíos ashkenazi –, en base a unos mitos con origen en la Antigüedad.

En contra de lo que algunos puedan pensar, el problema político de Tierra Santa no es eterno, no hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Surge a finales del siglo XIX cuando el movimiento sionista internacional, tras el Congreso de Fundación de la Organización Sionista de 1897 en Basilea, y bajo el liderazgo del austriaco Theodor Herlz, decide crear un “hogar judío” en Palestina. Antes habían barajado otros lugares en el Nuevo Mundo: Argentina y los EE UU; y también en el continente africano: Uganda y Sudáfrica.

Hasta ese momento Palestina vivía bajo la dominación del Imperio Otomano, situación que se prolongó de finales de la Edad Media hasta la Primera Guerra Mundial, cuando la Sublime Puerta sería liquidada en beneficio de las potencias europeas, de Gran Bretaña y Francia. Sus habitantes, la mayoría musulmanes, aunque también cristianos y judíos – y de otras confesiones minoritarias como drusos y samaritanos – compartían una tierra cargada de simbolismo para las tres principales religiones monoteístas del Mediterráneo.

Comenzó la emigración judía a Palestina y surgieron también los primero problemas, la realidad se encargaría de demostrar que más que emigrantes, los nuevos habitantes actuaban cada vez más como colonos. Que con el apoyo de la Agencia Nacional Judía estaban poniendo las bases de un futuro estado judío, como el que existe en la actualidad. Ello provocaba no pocos problemas entre la población autóctona, que veía además cómo le estaba vetado el trabajo en las tierras que compraban los judíos; tierras y propiedades que con el tiempo empezaron a estar custodiadas por organizaciones armadas ilegales. A ello se unía el hecho de que buena parte de las tierras eran explotadas por los palestinos en régimen de enfiteusis, siendo los propietarios terratenientes otomanos no residentes. A éstos les compraban los judíos las tierras, y con ellas el derecho a expulsar a quienes entonces las trabajaban.

En nuestros días, después de tres guerras, en 1948, 1967 y 1973, el Estado de Israel controla toda la Palestina histórica. No sólo la que generosamente le concedió las Naciones Unidas en 1947, con el complejo de culpabilidad occidental por los crímenes del nazismo, sino también los territorios más allá de la línea verde (la frontera con Jordania y Egipto hasta 1967), incluyendo Jerusalén Este y los Altos del Golán (de Siria); los cuales ocupa ilegalmente (en contra de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas 242 y 338) desde la Guerra de los Seis Días en 1967.

De esta forma, el viajero que se adentra en Tierra Santa se encuentra con que Palestina, propiamente dicha, no existe. Cosa que el Estado judío (es un estado confesional) pretende dejar meridianamente claro, en todo momento. Así, cuando uno llega a Cisjordania por el puente de Allemby, sobre el río Jordán, las Fuerzas de Ocupación Israelíes (irónicamente se llaman “de Defensa”) le dan la “bienvenida” a (Eretz) Israel, el Gran Israel. Lo mismo ocurre cuando se va al mar Muerto, también controlado ilegalmente por aquél desde hace 40 años.

Con un grupo de cooperantes andaluces, este corresponsal entró en Palestina desde el Reino Hachemita de Jordania, país en el que viven en la actualidad unos tres millones de refugiados palestinos, el 50% de la población; y a donde Israel aboga por expulsar (la ultraderecha explícitamente, los otros de forma más o menos velada) los palestinos que aún viven en Cisjordania (al oeste del Jordán) e Israel.

En el puesto fronterizo de Allemby, que se asemeja a una terminal aeroportuaria, hay que cambiar de transporte público, un autobús de Jordania no puede entrar en los Territorios Ocupados, y pasar por unos controles, que en el lado israelí son minuciosos y exhaustivos; donde el viajero es pulverizado con un aerosol dentro de una cabina metálica y bajo la mirada de cámaras CCTV de vigilancia. En el puesto israelí de Allemby, separado unos kilómetros (“por razones de seguridad”) del jordano, las soldados israelíes (que no policías), en su mayoría veinteañeras, reciben amablemente al grupo de andaluces.

Diferente es el caso de una mujer árabe que pretende entrar en Cisjordania, a la que tratan con desdén y deniegan la entrada. Junto a nosotros un grupo de hindúes (al parecer judíos) llegan a la tierra que su Dios (por lo que se ve) les ha prometido en busca de un futuro mejor. A quien les escribe una joven soldado llega a preguntar de qué puerto (de España) salió para Tánger en el invierno de 2001, cosa que tenía casi olvidada, pero que al parecer es de interés para la seguridad israelí. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dice la joven que conoce Tarifa (probablemente por aquello de High wind area), que no necesita más explicaciones. Finalmente me despide con un Have a nice stay in Israel, “que tenga una buena estancia en [los Territorios Ocupados por] Israel.”

Del puente de Allemby este corresponsal se dirige a Jerusalén, o al-Quds (“La Santa”) como es conocida en árabe, en cuyo sector oriental pasará los primeros días. La ciudad está dividida desde la Naqba (en árabe “el desastre”) de 1948, cuando el recién creado Estado de Israel se apoderó de su parte occidental, quedando la oriental bajo administración jordana. En la actualidad la línea divisoria es más sutil, pues desde la guerra de 1967 el estado judío controla también el sector oriental. Con todo, la diferencia principal estriba en que en Jerusalén Este viven 400.000 palestinos, a los cuales el estado sionista (poniendo en evidencia sus bases segregacionistas) ha desposeído de nacionalidad; teniendo el status de “residentes”, titulares de la “blue card” (tarjeta de identidad azul). Ironía de la historia para quienes constituyen la población autóctona de (la ocupada) Palestina, llamada ahora “Israel” por la fuerza de las armas. Por unos ocupantes con un poder militar y económico, y una influencia en Occidente, sin par en la región.

Jerusalén Este está menos cuidada que la parte occidental, se advierte fácilmente que el nivel de prestación de servicios es diferente; la segregación también tiene su traducción en el ámbito municipal. Sus casas y edificios acusan además las consecuencias del pobre mantenimiento, una licencia de obras aquí tiene un coste prohibitivo, y un tiempo de tramitación indeterminado; además, el 90% del espacio ha sido declarado “protegido”, y por consiguiente no urbanizable (por el contrario, sólo el 10% en la parte occidental). Políticas municipales dirigidas obviamente a estrangular su crecimiento demográfico y urbanístico, a fin de reducir al mínimo el número de sus “residentes” y diluirlos en una Jerusalén judía siempre en crecimiento.

Nuestro hotel se encuentra en la parte oriental de la ciudad, muy cerca de la calle Salaheddin, principal vía comercial y que lleva el nombre del príncipe kurdo que conquistaría la ciudad a los cruzados en 1187: Yusuf Ibn Salah-ed-Din (“El unificador de la fe”), más conocido en Occidente como Saladino. La calle del establecimiento: Azzahra (que inevitablemente nos hace recordar la ciudad palatina cordobesa), parte de aquella; al igual que la calle Ibn Khaldoun, que lleva el nombre del ilustre filósofo, historiador y politólogo tunecino de origen andaluz.

La calle Saladino conduce hasta la Ciudad Vieja, la que se encuentra en el interior de las murallas, justo a la Puerta de Herodes, a escasa distancia de la, que es mayor, Puerta de Damasco; a donde llega el antiguo camino de la ciudad Siria. En la Ciudad Vieja la ocupación militar es tan palpable como en el resto de la ciudad, o acaso más. En cada punto de acceso, en cada lugar estratégico, se encuentran los soldados israelíes; en grupos de tres y armados con fusiles automáticos M16 de fabricación norteamericana.

La mayoría de los habitantes de Jerusalén Este son musulmanes, pero como en el resto del país, también hay cristianos, que sufren igualmente las injusticias y dureza de la ocupación. Una dictadura militar para los ocupados, a quienes se les ha desposeído de la condición misma de ciudadanos, con la esperanza quizá de que se marchen cuanto antes. Los palestinos “residentes” de Jerusalén Este, que no poseen la nacionalidad israelí (careciendo por consiguiente de pasaporte), no pueden abandonar la ciudad por más de cuatro años. De lo contrario Israel les retira la tarjeta azul, paso previo a la confiscación de sus casas en aplicación de la ley de Propiedades de los Ausentes. Los judíos, son fácilmente identificables en la parte este de la Ciudad Santa, visten a la occidental, suelen ir acompañados y llevan siempre pistola.

La entrada a la Ciudad Vieja solemos hacerla por la Puerta de Damasco, una de las 12 de la ciudad amurallada, donde empiezan los puestos de fruta fresca y dulces, y comercios de todo tipo que se extienden a lo largo de la Vía Dolorosa. Caben reseñar puestos como el de Abdala, un adolescente palestino que vende en un carrito unos dulces de bizcocho y miel – a tres shekels la unidad – (algo menos de 60 cents) y que tienen trampa: quien los pruebe se verá obligado a repetir, a volver quizá a Palestina. La Vía Dolorosa llega hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, para ello hay que pasar antes por la casa de Ariel Sharon (el de Sabra y Chatila, en la actualidad Primer Ministro sin funciones), que no es que la haya comprado, sino que ha sido confiscada por el Estado; o sea, que se la han quitado a un palestino. Su nuevo ocupante, que apenas si ha ido por allí, ya se ha encargado de poner un enorme candelabro judío de siete velas en la azotea y una bandera israelí que es imposible no ver, anunciando quizá con ello la judaización total de la Ciudad Vieja.

El segundo día en la ciudad, acudimos a una reunión en Jerusalén Oeste con el AIC (siglas en inglés del Comité de Información Alternativa), una organización no gubernamental – de palestinos e israelíes – dedicada a ofrecer información sobre el conflicto más allá de los comunicados del Tsahal (el ejército judío) y la propaganda sionista. Allí un joven judío argentino, valiéndose de un mapa, nos explica en español, con todo detalle, la brutal ocupación y colonización de Cisjordania. Las medidas “de seguridad” impuestas por Israel a la población civil – más de 300 “check points” (puestos de control del ejército) que impiden a la gente salir de sus pueblos y ciudades, algo tan básico como la movilidad de la población y que en Europa damos por hecho – y el Muro; lo más desagradable que este enviado ha podido ver en mucho tiempo. La honestidad y valentía de los judíos del AIC causan en quien les escribe una profunda impresión, su sentido de la justicia y la humanidad les lleva a luchar junto a los palestinos desafiando los principios del sionismo y unas políticas racistas. Una alternativa civilizada a las leyes del Talión y del más Fuerte, las únicas que Israel –desde su creación hace 48 años – parece observar.

Esa misma tarde visitamos Lifta, un pueblo a la periferia de Jerusalén que fue evacuado por sus habitantes cuando la Naqba (“el desastre” de 1948), aterrorizados por las masacres que – como en el resto de la Palestina histórica – cometían organizaciones paramilitares judías como Irgun y Haganah. De ello da buena fe el diario Odiel (Huelva), cuando escribe el 10 de enero de 1947 que “el Presidente de la Agencia Nacional Judía, David Ben Gurion, ha partido hoy para Palestina como portador de lo que se puede denominar ultimátum británico para poner término a la acción terrorista judía.” Lifta, pueblo montañoso de palacetes (más que casas) de piedra destruidos, muestra con sus vigas de acero que hace medio siglo Palestina tenía probablemente un nivel de desarrollo superior a Andalucía. Cosa que el libre comercio dentro del Imperio Británico, entonces primera potencia política y económica del mundo, habría sin duda facilitado.

La construcción del Muro de Cisjordania sigue adelante, a pesar de haber sido declarado ilegal por el Tribunal Internacional de Justicia de la Naciones Unidas (2004) instando a su demolición, a la indemnización a los afectados y a que ningún país colabore con Israel en su eventual terminación. Paradigmático del sufrimiento que el Muro causa en la población palestina es el pueblo de Baqa. Del que los israelíes, en un alarde de macabra creatividad, recreando el desaparecido Telón de Acero, han conseguido hacer dos: Baqa al-Gharbiya y Baqa as-Sharquiya (occidental y oriental). Destruyendo a cada lado del Muro todas las casas que consideraron necesario para la “zona de seguridad”. A los afectados, como es habitual, la Administración Militar israelí no indemniza de forma alguna (al contrario si hubieran sido judíos). Ahora además, quienes precisan de ir al médico, a la escuela, o a visitar a un familiar en la otra parte, deben pasar un control del ejército; cuando la puerta está abierta, claro. Medidas destinadas a impedir la movilidad de la población y que causan estupor e incredulidad en el viajero occidental.

En el caso de Baqa el Muro discurre por la línea verde, pero lo normal es que se adentre en Cisjordania para desposeer a los palestinos toda la tierra posible, rodear los asentamientos judíos e impedir la continuidad del territorio, evitando así la eventual emergencia de un estado palestino. A la puerta del Muro en Baqa al-Gharbiya hay un cartel (aparte del que advierte del peligro de muerte a quien intente pasar a la “zona de seguridad” aledaña cuando esté cerrada) que informa: “Por orden del comandante de las IDF (eufemismo para designar a las Fuerzas de Ocupación de Israel) de esta región, los ciudadanos de Israel tienen prohibida la entrada a este pueblo” [Baqa as-Sharquiya]. Un recordatorio de la prohibición general que existe en todos los territorios ocupados por Israel, con el fin no declarado de que sus ciudadanos no sepan, no vean, lo que allí están haciendo; y para impedir el contacto entre los palestinos de Israel y de los Territorios Ocupados.

Como afirmaba alguien no hace mucho en el influyente Financial Times, Israel – a diferencia de las naciones europeas que colonizaron el Nuevo Mundo y África – no tiene misión civilizadora en Palestina; no pretende llevar el progreso a un pueblo “más atrasado” y, menos aún, convertirlo al judaísmo. Por si fuera poco, ha llegado demasiado tarde a la era de las colonizaciones. Lo único que el estado judío persigue es desposeer a los palestinos de sus tierras, hacer que se vayan; lo que llevan haciendo desde 1948. Este programa no declarado, que cabría calificar de “genocidio de baja intensidad pero de duración indefinida”, es prácticamente compartido por las principales fuerzas políticas de la Knesset (el parlamento israelí). Con todo, hay partidos, como el ultranacionalista Moledet, que lo defienden abiertamente y en Internet; donde, con una retórica racista propia del Mein Kampf, exponen su criminal proyecto de “transfer”, la solución final al problema palestino que diría Adolf Hitler.

Lo mejor de Palestina, a parte de los niños, son quizá los dulces; en Tierra Santa he tenido la oportunidad de disfrutar semejantes placeres terrenales. Con queso y fideos en Nablus, de bizcocho en Jerusalén, al estilo andalusí en Gaza; siempre con miel.
La entrada a Nablus fue más dantesca si cabe que la vista al Muro. Ciudad de unas 140.000 almas, no parece sin embargo mayor que Lepe. El “check point” a la entrada nos recuerda que es una ciudad sitiada por el Tsahal; para entrar y salir hay que cambiar de taxi, y no figurar en ninguna lista negra de las Fuerzas de Ocupación. De lo contrario se puede permanecer encerrado en ella durante años, si no lustros. En esta ciudad, donde viven unos 200 samaritanos – que resisten igualmente contra la ocupación – pudimos ver las señales de las incursiones del ejército israelí: casas destruidas, barricadas de hormigón, impactos de bala en el hotel, y una modesta lápida en memoria de las 87 víctimas, en un sólo día, de la incursión de 2002.

En Nablus la resistencia es persistente; como en el resto de Palestina, hay quienes se deciden por la lucha armada contra la ocupación. Opción difícilmente ilegítima cuando invaden tu país y pretenden además desposeerte, cuando no expulsarte. Es lo que hacía la resistencia francesa bajo la ocupación nazi, o lo que ocurrió en la península Ibérica cuando la invasión napoleónica. En el centro de Nablus, los carteles de los shouhadah (mártires) aparecen por doquier, hombres y mujeres de las diferentes facciones que combaten la ocupación, musulmanes y samaritanos; la mayoría jóvenes varones. En la ciudad nos acogen con todo el calor humano de que son capaces, conscientes seguramente de que no somos turistas, sino más bien observadores, o cooperantes. Siempre nos preguntan de dónde somos, y se llevan una grata sorpresa cuando decimos que de Ispaniya, y más aún si les decimos que de al-Andalus, que es como se dice Andalucía en árabe. Por la tarde, al sol puesto, oímos disparos de armas automáticas; al parecer es habitual, los hacen los milicianos al despertar, ya que duermen durante el día. Pretenden quizá con ello infundir seguridad a la población, trasmitirles que hay quienes velan por ellos, quienes están dispuestos a morir en la difícil misión de protegerlos.

La tragedia del pueblo palestino guarda un estrecho paralelismo con la del pueblo andalusí tras la conquista castellana a finales de la Edad Media. La humanidad sin embargo creemos que ha evolucionado, que hoy en día, en un mundo que creemos civilizado, no son admisibles la colonización, la “limpieza étnica” o las deportaciones. De todos quizá depende parar la barbarie en Oriente Próximo, como ya ocurrió en los Balcanes (a falta de Europa tuvieron que ser los Estados Unidos) durante la pasada década.

Lepe Urbana 2006

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Acerca de Palestina Ocupada

Un andaluz en Palestina
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