Palestina/Israel: introducción al apartheid

Puerta de Damasco (Jerusalén Este)

La policía (judía) israelí controlando el acceso a la Puerta de Damasco (Jerusalén Este)

Siempre albergué la esperanza de que el término apartheid aplicado al régimen sionista fuese, después de todo, una exageración; válida, sin embargo, para describir las políticas segregacionistas de Tel Aviv. Ello a pesar de que Desmond Tutu, el arzobispo Premio Nobel de la Paz, llegara a afirmar que lo que él había visto en los Territorios Palestinos Ocupados era como el apartheid que ellos (los negros de Sudáfrica) habían sufrido (Apartheid in the Holy Land, The Guardian 2002).

Mis esperanzas se desvanecieron la primera vez que estuve en Palestina y vi como los israelíes paseaban por Jerusalén Este con pistola al cinto, cuando no con armas automáticas, sin otra explicación que la de infundir terror en la población palestina; de inculcarles que ellos (los palestinos) son la población sometida y los israelíes, los elegidos por (su) Dios, los opresores. Eso es poco comparado con la vista del Muro de Cisjordania, probablemente la obra más grosera y cruel que jamás se haya construido. Una medida despiadada que en algunos casos ha conseguido hacer de un pueblo dos: como Baqa (Baqa al-Gharbiyya y Baqa as-Sharquiyya); convertir el paisaje en una cárcel al aire libre; y ahora, por último, causar daños irreparables al medio ambiente y la fauna en el valle del Jordán.

El muro que Ariel Sharon mandara a construir no se parece a ninguno de los muros que a lo largo de la historia se han mandado a levantar, por mucho que Raphael Schutz, embajador de Tel Aviv en Madrid, tenga el atrevimiento de compararlo con la valla de Melilla. También es diferente del desaparecido Muro de Berlín, de la Gran Muralla China y de la Muralla de Adriano, levantada en el límite norte de Britannia cuando un andaluz (nacido en la ciudad del Tíber) dirigía los designios de Roma. La gran (y macabra) diferencia del Muro de Cisjordania es que el ejército de Israel está a uno y otro lado, y no sólo eso sino que, además, Tel Aviv ha situado ya a medio millón de colonos en el lado palestino del muro. Un desafío del régimen sionista al IV Convenio de Ginebra (1949) – que prohíbe la transferencia de población a los territorios ocupados – y hasta ahora sin consecuencias por parte de la comunidad internacional.

Israel no sólo es un estado racista sino también un estado depredador que, desde su creación en 1947, lleva apropiándose indebidamente de propiedades ajenas (sobre todo tierras e inmuebles); un extraordinario ahorro de costes que, entre otras cosas, le permite subvencionar la colonización de los Territorios Ocupados. El Muro es un ejemplo de ello, las propiedades sobre las que se ha construido, tierras de labor y solares de casas (a tal efecto) demolidas han sido “confiscadas” un eufemismo de Tel Aviv para referirse al robo (con violencia) de bienes raíces. Las víctimas (palestinas) no tienen derecho a nada, ni tan siquiera a acceder a las propiedades que les han podido quedar al otro lado del Muro; son las paradojas de la única democracia (para judíos) de Oriente Medio. El respeto a los derechos de propiedad es fundamental para la prosperidad económica y un presupuesto básico de la Civilización Occidental, y seguramente también de la Islámica; lástima que los parámetros sean otros en la Civilización Sionista.

Los asentamientos son quizá la expresión más palpable del racismo (de corte étnico) de Tel Aviv. Construidos también sobre propiedades en su mayoría “confiscadas” son núcleos de población (en algunos, como  Maale Adumim, verdaderas ciudades) sólo para judíos; los extranjeros con pasaporte occidental pueden entrar, obviamente, que por eso han dejado entrar a Israel en la OCDE.  Estas localidades, “ilegales” según el derecho internacional, se encuentran por lo general en lo alto de las colinas (para así controlar mejor el territorio); están rodeadas por alambradas electrificadas y fuertes medidas de seguridad (suelen tener unas horribles torretas de vigilancia, grises y de hormigón); y defendidas por un contingente militar. Por si eso fuera poco, los colonos – el sector más extremista (y violento) del sionismo – tienen licencia para armas automáticas (además de la pistola habitual); al contrario que los judíos ashkenazi, son con frecuencia, los menos pudientes de Israel, llegados de la antigua Unión Soviética tras el inicio de su hundimiento. Los asentamientos judíos están completamente desacoplados de las ciudades y pueblos palestinos, completamente aislados de la población autóctona. El único contacto que los palestinos tienen con sus ocupantes es en los checkpoints (puestos de control del ejército de Israel). Cuarenta y tres años después de la Guerra de los Seis Días, ahora más que nunca parecen claras las razones del ataque preventivo contra Egipto y Siria en 1967.

La finalidad del Muro es encerrar a los palestinos en bantustanes sellados y, de esta forma, quitarles las tierras y su sustento; acabar con un país el cual ya no existe más que en la mente y el corazón de los palestinos, y quienes apoyan su casusa. El Muro no sólo pretende infringir un castigo colectivo a los palestinos por la Intifada (levantamiento), además tiene por fin hacer la vida un infierno en los Territorios Ocupados y, de esta forma, hacer que aquéllos abandonen el país (Eretz Israel), la tierra del Gran Israel.

En contra de lo que sostiene el régimen de Tel Aviv, y quienes lo apoyan, las brutales medidas – ejemplificadas por el Muro – no están encaminadas a prevenir los ataques suicidas y contener la “barbarie islamista”. Palestina es un país multiconfesional y cualquiera que consiga adentrarse en los Territorios Ocupados (Israel hace todo lo posible por dificultar la entrada de occidentales) puede comprobarlo. Lástima que la situación de los cristianos de Palestina, víctimas igualmente del sionismo, no interese a los cristianos sionistas.

Por último, la forma más directa (y asequible) de llegar a Palestina/Israel es por el Aeropuerto de Tel Aviv (Ben Gurion) pero, como ocurre con los asentamientos, es sólo para judíos (y, como en aquéllos, también occidentales). Los dos millones y medio de palestinos de la Cisjordania ocupada se ven obligados a pasar por el puesto fronterizo de Allemby, en la frontera con Jordania, y utilizar el aeropuerto de Amman.

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Acerca de Palestina Ocupada

Un andaluz en Palestina
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2 respuestas a Palestina/Israel: introducción al apartheid

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