Sara Benninga y el espíritu de la humanidad

Sara Benninga, líder del movimiento antiapartheid

Sara Benninga, con un policía israelí a las espaldas, en Jerusalén Este

Al son de tambores, la canción y las consignas de los israelíes que cada viernes se manifiestan en los Jardines de Sheikh Jarrah, Jerusalén Este ocupada, embaucan los sentidos y envuelven de magia la lucha contra el apartheid y la limpieza étnica. Hechizado por la música, pregunté a una joven manifestante por la letra, por el mensaje del que era portadora: “es una canción popular israelí a la que hemos cambiado la letra” me dijo. Una ingeniosa transformación dirigida a las conciencias de la sociedad israelí; un avance cualitativo en la lucha por los Derechos Humanos.

Al poco pude identificar a quien dirigía el coro, con megáfono en mano no se intimidaba lo más mínimo por los soldados de enfrente. Una patrulla de las Fuerzas de Defensa Israelíes que, con armamento de combate, los grababan de principio a fin; con una cámara fijada sobre un trípode. Tampoco por los policías destacados en la proximidad. Sara Benninga, una estudiante de bellas artes de 28 años, es la líder (al menos una de ellos) del Sheikh Jarrah Solidarity Movement; el movimiento de las flores, las de los Jardines del mismo nombre. Con ellas se acercan a los palestinos víctimas de un proyecto mesiánico de colonización a quienes ofrecen su compasión y solidaridad; flores en vez de fusiles, de muros y alambradas.

Son una minoría, exigua, pero su valor simbólico excede con creces lo que la mayoría silenciosa en Israel puede soportar. La batalla (moral) ya la han ganado, la del espíritu de la humanidad contra el determinismo de Dios (el de los judíos) que al pueblo elegido habría prometido la tierra de Palestina. Ellos son los triunfadores, ahora y en los tiempos venideros. Entonces serán recordados como quienes no se mantuvieron en silencio y no se dejaron llevar por la muchedumbre, quienes no se dejaron intimidar por la fuerza de uno de los estados más poderoso del mundo. El Estado Judío que, para los cristianos sionistas (especialmente los evangelistas en Norteamérica), es designio divino y señal evidente de la llegada del Mesías. Una entidad (ficción como todas) fruto de una aberración histórica que, armada y protegida por los EE UU, tiene un arsenal nuclear al margen de toda discusión; no como el que se sospecha en un futuro podría tener Persia (sólo que mucho mayor). Para la mayoría de israelíes, Sara y sus compañeros son unos traidores. De ellos, sin embargo, depende el viraje final que haya de tomar la historia de Palestina, la cual – desde hace ya tiempo – parece decidida por las estrellas. Las mismas que marcaron el destino de al-Andalus, país de judíos, cristianos y musulmanes (i.e. personas) en la misma Europa que hace siglos corrió igual suerte, la de ser reconquistado.

A las manifestaciones del Sheikh Jarrah Solidarity Movement, iniciadas a finales de 2009, se unen no pocos internacionales, activistas de países “occidentales” (los de la OCDE) que, a pesar de los filtros, logran colarse por el aeropuerto de Tel Aviv, en la antigua Lydda, sobre cuyos escombros se construyó el Estado de Dios. Entre ellos Jimmy Carter, ex Presidente de los EE UU y artífice de Camp David, en la actualidad poco menos que un paria en Israel. La mayor parte de ellos, sin embargo, son jóvenes con el mismo espíritu, inconformistas con los designios de la fatalidad; acaso representada por el Muro de Cisjordania y las tablas del apartheid.

Sara y sus compañeros se manifiestan con la seguridad que les da un pasaporte israelí y, sobre todo, el hecho de ser judíos; que, para evitar malentendidos, figura debidamente en el documento. La misma seguridad de los jóvenes occidentales que se mueven por los Territorios Ocupados, conscientes de ser ciudadanos (no como los palestinos) y de primera; pero también de que demasiado atrevimiento puede hacer de ellos un mártir occidental de la ocupación. Como Rachel Corrie, la norteamericana que con 23 años que desafió a un bulldozer Caterpillar del ejército de Israel en Gaza, delante de una casa de palestinos; la singular política de vivienda del Estado Judío en los territorios que ocupa desde 1967.

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Un andaluz en Palestina
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